Leonidas Diputado (Revista Caretas, Lima, 1990)
Lo que a continuación presentamos no es algo que se vea todos los días; rogamos, pues, que el lector preste gran atención y saboree línea por línea el artículo-entrevista escrito por el periodista peruano Jaime Bedoya.
Leonidas Diputado El orador de Trampolín se lanza a la piscina política.
(Transcrito de la revista Caretas, 12 de febrero de 1990) En el puesto número cuatro de la lista de diputados por el Callao presentada por el Frenatraca, figura el nombre de Leonidas Carbajal, el hombre-enciclopedia de Trampolín a la Fama. Animado por el jale electoral demostrado por personajes populares de la televisión (caso Ricardo Belmont, alcalde; caso Guillermo Rossini, regidor) y haciendo valer sus legítimos derechos ciudadanos, Carbajal va en pos de representar al primer puerto del país. Dice que no hace promesas. Y que de salir electo no renunciaría a Trampolín.

Trampolín a la Fama
Una Monalisa, un bustito de Juan Pablo II, un tumi dorado, dos pinturas paisajistas (vista de nevados huaracinos; puesta del sol selvática), y confortables granate, adornan la sala del probable próximo diputado por el Callao, Leonidas Carbajal Alvarado. ¿Y la computadora prendida? ¿Y la biblioteca repleta de libros nunca abiertos? ¿Los cartelones? No los necesita. La gente sabe, conoce. En un país analfabeto, él es El Verbo de los sábados por la tarde. Un hombre fascinado desde su infancia por los misterios del lenguaje. Extraña inquietud que no sólo le permitiría decirle un día a Augusto Ferrando… -Lo que tú tienes es un espasmo agudo de las bronquiales terminales con sibilancias diseminadas en ambos semitórax. -¿Qué es eso?, preguntó Ferrando -Que estás con tos. … sino que proyectaría su popularidad a nivel nacional con patada en Miami; e incluso ésta -en caótico y caluroso momento de la historia de su país- sería interpretada como incondicional garantía de representatividad ciudadana. Por eso Leonidas -impecablemente de blanco, salvo secciones geométricas en azul de su camisa y finísimas líneas multicolores adornando sus calcetines- se relaja sobre su confortable granate, sabedor que goza de dos verdades absolutas que lo elevan por encima de la computadora prendida y el estar explicándole a la gente quién es él y por qué. Primero, el cariño del pueblo. Segundo, el don de la palabra. Siendo este último, por lo poderoso, relativo.